jueves, 29 de enero de 2015

Por la ruta de Epecuén y el agua mala











Dos cosas me llamaron la atención en la ruta. La primera, los campos de girasol que se extienden como centenares de faroles amarillos apostados en un horizonte que, a diferencia del cordobés, no es exclusivamente sojero. 

- Qué bien – digo, todavía sin saber –, qué bueno que acá siembran otra cosa.
La segunda cuestión que me generó curiosidad fueron los nombres de las localidades, porque remiten a los pobladores originarios. 
- Parecen  los nombres que usaron para los lagos del sur…Trenque Lauquen…no parece un lugar de la Provincia de Buenos Aires – le digo al conductor, que asiente con la cabeza, sin quitar la mirada de la ruta 33, a esa hora repleta de camiones que, como nosotros, se dirigen a Bahía Blanca.
Antes de salir, había querido hacerme de algunos libros para las vacaciones en la playa. Para mí, no hay playa, sin libros. Pero la ansiedad me ganó y ya me había devorado el único que pude conseguir antes de partir. “Una historia sencilla”, de Leila Guerriero. Le pregunté al dueño de ese título, si tenía otros similares. Había uno que me interesaba en especial. “La biblioteca está llena, ese justo lo presté, venite” – me dijo en un mensaje de Facebook. No hice tiempo. Los preparativos para las vacaciones son de una magnitud que una solo puede medir cuando está frente al placard repleto de opciones, para días de calor y para días de lluvia. “Llevo esto, por si está feo”, factor que una empieza a tener en cuenta después de los treinta y pico.     
La cuestión es que salí a la ruta así, desnuda de libros y con varias opciones climáticas en el bolso. “Epecuen”, me sonó enseguida a ‘originario’. Después me enteraría que era, más precisamente, tehuelche. Antes de salir, había estado googleando el recorrido posible. Nunca había estado en Bahía Blanca y necesitaba reducir mis incertidumbres en relación a la ruta. En mi pesquisa descubrí que la 33 también se conoce como “ruta de la muerte”. Apa. Pensé que el principal motivo para un nombre tan perturbador sería el tránsito pesado, el calamitoso estado de la carpeta asfáltica y de las banquinas. Pero jamás hubiera imaginado que esa ruta escondía el acceso a un territorio donde la muerte se había presentado como un aluvión inevitable.
A las enormes lagunas habitadas por despampanantes flamencos rosados, le siguieron hectáreas y hectáreas de campo salitroso. El tono desértico del paisaje contrastaba absolutamente con la abundancia que habíamos visto algunos kilómetros atrás. A las fotografías de campos verdes y amarillos, le siguieron postales de tierras áridas y blancuzcas. “Pobre el guaso que compró estos campos, cómo se debe haber clavado” – dije en voz alta y afirmando contrariamente para mis adentros que cualquiera que haya comprado esas tierras habría sido seguramente un magnate detestable, apropiador de suelos ancestrales, para quien una pérdida semejante habría significado seguramente migajas, comparándola con su fortuna de origen.
Lo que no sabía era que muy pronto confirmaría esta versión libre de una historia que estaba dándome indicios, como breves adelantos para que, finalmente, en ojotas, la descubriera. Las preguntas me quedaron dando vueltas durante todo el viaje.
En la playa, las cosas se dieron como había anticipado mi guardarropas. De los siete días que permanecimos en Pehuen-Có, solo tuvimos tres de sol y cuatro de una lluvia más o menos intensa. Elegimos ir en carpa, para volver a creer en la aventura 'post aburguesamiento' y afortunadamente, la lona de la que estaba hecho el iglú aguantó. No entró una sola gota de agua. “Qué suerte” – pensé egoísta, mientras veía que alrededor nuestro, varias tiendas se hundían en el barro. Habían hecho canaletas, quizás ignorando que en terrenos arenosos no hace falta, que es peor porque el agua, en lugar de escurrir naturalmente, se acumula y se convierte en un charco alagado ineludible. Después del segundo día de lluvia, varios ‘vecinos’ resolvieron desarmar el campamento y salir despacio, antes de que el agua les empezara a arruinar del todo la estadía.
Nosotros fuimos pacientes. Cerramos herméticamente la carpa, dejamos que lloviera y nos fuimos a un café con wi-fi en el pueblo. A las pocas horas empezó a asomar un poco el sol. Volvimos al camping. Lo que siguió fueron algunas lloviznas intermitentes y al otro día el cielo de Pehuen-Co nos regaló un celeste soleado que rajó la tierra y nos secó todos los temores de quedar atrapados en una humedad infinita.
Disfrutamos unos días del mar y decidimos emprender el regreso. Al pasar por los mismos lugares en la ruta, sentí que ya los conocía desde siempre. La idea sería hacer menos paradas esta vez, para ahorrar tiempo. Solo nos detendríamos en Trenque Lauquen para cargar combustible y continuar hacia Córdoba. Salimos temprano por la ruta 3, pasamos por Bahía Blanca, tomamos la 33 seguimos hasta Tornquist y ahí no di más de ganas de ir al baño. Parada técnica un poco más adelante, en la estación de Pigüé. Después, siguiendo por la 33, llegamos a Guaminí, la zona llena de lagos y pájaros, que a mi entender, conformaban un escenario ideal para filmar una película o un buen documental. Siempre pienso ese tipo de cosas cuando viajo. Voy sacando fotos mentales e imagino escenas cinematográficas que olvido rápidamente.Quizás algún día debería hacer algo con eso.
El viaje fue largo. Ya en Córdoba, algunas horas en la ciudad y de vuelta a la ruta para aprovechar los últimos días de vacaciones. Esta vez nos llamaban los ríos de Traslasierra y esta vez, el agua y la reposera no me iban a encontrar desprevenida. De camino, pasé por la librería de un centro comercial en ruta 20, con la esperanza de que los best-sellers no se hubiesen devorado la totalidad de los anaqueles y ahí lo encontré. Un poco caro, pero con todo lo que lo había esperado, pasé la tarjeta con entusiasmo.
Salí de la librería. Entré al auto. “Lo conseguí” –dije orgullosa. Lo saqué de la bolsita y acaricié la portada, como si detrás de ella se hubiera escondido un preciado secreto. “El agua mala… ¿por qué será?” – pregunté casi redundante. Unos colegas periodistas me habían adelantado que el libro se publicó en diciembre, hace apenas un mes y que hablaba de una inundación. Se conseguía más barato en Buenos Aires, pero no me importó. Yo andaba con una imperiosas ganas de leer crónicas, quizás para inspirarme y animarme, algún día, a contar una historia.
Cuando volví a abrir las páginas del libro de Josefina Licitra, ya estaba sentada en mi reposera sobre el río Panaholma. No podía salir de mi asombro al descubrir…que había pasado de largo. Que  “Epecuen” había estado a pocos kilómetros de ese tramo de la ruta 33, donde me asestaron las preguntas. Quizás esos flamencos, esos campos de girasol, esa salitre en el suelo alambrado y árido, habían sido pistas, señales, llamados. Quizás, temí quedar atrapada y apreté el acelerador. Quizás las historias de ese pueblito fantasma de la provincia de Buenos Aires me estaban persiguiendo. Y ahora, siento, que no puedo hacer otra cosa que escribir, mientras preparo el  mate y me alisto para ir al río a sumergirme por completo en las últimas páginas de la historia de la gente de “Epecuen”, tan maravillosamente cronicada por Licitra. Me acuerdo de la 33. Repaso los cartelitos de los pueblos que pasamos. No puedo parar. (Continuará, seguramente…).         

martes, 13 de enero de 2015

Chicas muertas me desvelan


Intento hacer memoria, pero me canso rápido y busco en google. Palabra clave: "femicidio". Busco rastros del caso de la adolescente de 17 años que apareció muerta en un basural de José León Suarez, provincia de Buenos Aires. Se llamaba Melina, Melina Romero. Clickeo en "imágenes". Google me devuelve una foto erotizada de la joven asesinada el 23 de agosto pasado. La foto fue extraída de las redes sociales y fue utilizada hasta el hartazgo para ilustrar las coberturas "periodísticas" (las comillas son adrede) que siguieron el caso. 

De Melina se dijo de todo. Los medios hegemónicos dieron de comer a sus audiencias ávidas de morbo durante varias semanas, nutriendo sus titulares con detalles y pormenores de la vida personal de la adolescente, que ellos mismos construyeron como una novela, desarrollada en varios capítulos. "Festejaba sus 17 años y desapareció" "Creen que a Melina la mataron a golpes porque se resistió a un ataque sexual"  "Detienen a un adolescente por la desaparición de Melina" "La madre de Melina: 'La Policía me dijo que mi hija está muerta, que la golpearon y la mataron" "Qué pasa si no se halla el cadaver" "Buscan a Melina en descampados". La estigmatización de la joven comenzó quizás más intensamente en este capítulo: "Una testigo confirmó que a Melina la mataron en una 'fiesta' sexual".

A partir de allí se involucró a la adolescente con toda clase de hechos 'inapropiados' -condenables socialmente por los representantes de la moral absoluta- que incluían la participación de Melina en una secta, y que fueron presentados como una especie de "pecado mortal".  El broche de oro fue este título de Clarín: "Una fanática de los boliches, que abandonó la secundaria". Los medios la mostraron como una chica pobre, víctima de un contexto en el cual las orgías y el consumo de drogas aparecieron como naturalizados.

"La vida de Melina Romero, de 17 años, no tiene rumbo. Hija de padres separados, dejó de estudiar hace dos años y desde entonces nunca trabajó. Según sus amigos, suele pasarse la mayoría del tiempo en la calle con chicas de su edad o yendo a bailar, tanto al turno matiné como a la noche, con amigos más grandes. En su casa nadie controló jamás sus horarios y más de una vez se peleó con su mamá y desapareció unos días" (Clarin, 13 de sepitembre de 2014)
Esta nota fue publicada cuando la policía se encontraba en plena búsqueda de la joven. En ese momento, no se conocían mayores detalles respecto de lo ocurrido la noche en que la mataron. Pero eso no importa, ese no es lo que importa para algunos medios de comunicación que no tienen reparos a la hora de mercantilizar el morbo para asegurarse la venta de una tapa o garantizarse un click en su portal web.

En google aparecen juntas, las fotos de Melina Romero y las de Lola Chomnalez, la adolescente de 15 años asesinada en Balizas, Uruguay. Es que quizas ambos casos tengan bastante en común, aunque hayan sido presentados de manera tan distinta. Ambas fueron revictimizadas y condenadas por la prensa. Una por "incorrecta" y otra por "descuidada", las dos hicieron cosas que las convirtieron en responsables de lo que les pasó. 'Lo que les pasó' y no 'lo que les hicieron'. Hay allí un juego bastante perverso, pienso, en el cual ambas chicas quedan atrapadas. Lo cierto es que no existe justificación posible a semejantes actos de violencia, que derive de las conductas de estas chicas.

En el caso de Lola, el foco mediático estuvo puesto en los "perejiles" que fue incorporando la causa como sospechosos y posibles autores del crimen. A diferencia del caso de Melina, poco y nada se dio a conocer sobre la vida personal de la joven hllada muerta en Uruguay. El único dato que trascendió es que era nieta de una reconocida cocinera y que su familia vivía en el barrio porteño de Caballito. Pero las cámaras televisivas se apostaron en el domicilio de su abuela, Beatriz Chomnalez, que vive en Palermo, uno de los más coquetos barrio de Buenos Aires. ¿Por qué?

Quizás porque desde ese lugar se construyó la noticia sobre el asesinato de Lola. La crónica incluye fotos cuidadas, provistas por su familia, que muestran a una chica "bien", que fue a visitar a su madrina a Valizas -un distinguido balneario ubicado en el departamento de Rocha (Uruguay)- que salió con un libro a la playa y que jamás regresó.

Días atrás, una colega de Página/12 se preguntaba si existe un límite para el espectáculo, cuando lo que está en juego es la vida, la muerte y la dignidad de una persona, de una mujer, de una niña, de una adolescente. Distintas especialistas concluían en que el límite se encuentra fijado por la demanda del público, de las audiencias, cuando en verdad debería ubicarse en el no entorpecimiento de la causa judicial. Coincido.

Mis amigas militantes feministas están cansadas de que les consulte ¿cómo hago referencia a la víctima?, ¿qué foto me conviene usar para esta nota? ¿qué información puede ser de utilidad y qué datos conviene que se queden en mi carpeta de "borradores"?. No me importa, que se cansen, que me expliquen todas las veces que sea necesario. El editor me apura con la nota, cree que estoy haciendo nada, que boludeo en facebook, que pierdo el tiempo. Pero no. Estoy haciendo.

Ejerzo el periodismo desde muy chica. (Cuando era más chica, recuerdo estar mirando el noticiero con mi abuela y ver imágenes de María Soledad Morales. No recuerdo muy bien qué veía, pero lo que recuerdo me genera náuseas). Con los años pude desarrollar el oficio y hoy puedo resolver una nota periodísticamente digna, en muy poco tiempo. Sin embargo, desde que me involucré con estas mujeres, con los femicidios que se multiplican en mi provincia y en el resto del país, empecé a tomar conciencia de lo que somos capaces de hacer los/las periodistas en los medios y la neurosis se ha convertido en mi herramienta más preciada.

Al chequeo de fuentes, se me sumó otra tarea, la de pensar de qué manera un título puede revictimizar o dignificar a esas mujeres asesinadas. De qué manera una cifra puede convertirse en un rostro, en una persona con una historia y con un derecho indeclinable a la justicia. Más allá de cualquier decálogo, estas son preguntas que me interrogan, que ponen entre comillas mi propia tarea. Pienso en Melina, pienso en Lola, pienso también en Paola y en Martina. Esas mujeres me acompañan y me desafían, en cada palabra, en cada caracter, con o sin espacio. Esas mujeres me desvelan. 



lunes, 12 de enero de 2015