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| Festival contra el vaciamiento del Grupo 23 (Foto: Facción) |
Mi nombre es Soledad Soler. Vivo en Córdoba capital. Sí, uno de los distritos donde
‘Cambiemos’ ganó por goleada. Me formé en la Universidad Pública. Soy
periodista y trabajo en un diario que se llama El Argentino, identificado con
el kirchnerismo e integrante del Grupo 23 que dirigen Sergio Szpolski y Matías
Garfunkel.
Bueno, primera corrección: trabajaba. Con varios meses de
atraso en el pago de nuestros salarios, el 15 de enero la responsable de
Recursos Humanos de la empresa, María Gracia Perrone, nos informó que el diario
dejaría de salir en sus ediciones de Córdoba, Mar del Plata y Rosario. Aunque
ya hacía un tiempo que no se imprimía y que todos nosotros ensayábamos una
especie de simulacro para la web, finalmente “la grieta” entre el patrón y los
trabajadores quedó expresada en toda su violencia.
Eso sí. No hubo telegrama de despido, tampoco oferta de
retiro voluntario. Nuestra situación se planteó más bien como una especie de
limbo laboral, en el que nos movíamos a tientas, intentando descifrar cuál
sería la próxima canallada de SS. Así nos referimos históricamente a Szpolski
los laburantes. Sí, SS. Como mis propias iniciales, pero del otro lado del
mostrador, digamos, dibujadas en el contorno de un paisaje espeso y nebuloso en
el que me niego a permanecer.
La espera inútil
- ¿Alguna novedad por allá? En Córdoba, nada.
- Nada. A nosotros ni siquiera nos atienden el teléfono. Estamos organizando el viaje para el plenario. La idea es organizar un festival y un escrache frente a las oficinas del Grupo. Veremos si el sindicato nos facilita los pasajes. Ustedes van?
- Tenemos un compañero allá. El gremio nos ofreció un auto. Sí, vamos al plenario. Allá nos vemos. Fuerza.
Lo primero que se manifestó en el cuerpo fue un nudo apretado en la garganta y una extraña sensación de andar a ciegas. El plazo de pago ya se había vencido por completo. En el tercer día consecutivo apretando F5 para verificar el saldo de la cuenta bancaria las manos empezaron a sudar. ‘Cero peso’, escribo en el grupo de watsapp que comparto con mis compañeros del diario. La respuesta es unánime. A 15 días del mes de noviembre nadie cobró.
- Nada. A nosotros ni siquiera nos atienden el teléfono. Estamos organizando el viaje para el plenario. La idea es organizar un festival y un escrache frente a las oficinas del Grupo. Veremos si el sindicato nos facilita los pasajes. Ustedes van?
- Tenemos un compañero allá. El gremio nos ofreció un auto. Sí, vamos al plenario. Allá nos vemos. Fuerza.
Lo primero que se manifestó en el cuerpo fue un nudo apretado en la garganta y una extraña sensación de andar a ciegas. El plazo de pago ya se había vencido por completo. En el tercer día consecutivo apretando F5 para verificar el saldo de la cuenta bancaria las manos empezaron a sudar. ‘Cero peso’, escribo en el grupo de watsapp que comparto con mis compañeros del diario. La respuesta es unánime. A 15 días del mes de noviembre nadie cobró.
En El Argentino Córdoba somos once. Como un equipo de
fútbol. A medida que pasan los días, la cancha se nos achica. Hacia el final de
noviembre, ya no sabemos cómo plantear el partido ante un rival que juega a las
escondidas, que especula con nuestra capacidad de sostener la batalla en el
campo de juego y con nuestra necesidad
de parar la olla. Nos organizamos, permanecemos en asamblea junto con otros
cientos de trabajadores del mismo Grupo.
A la mayoría de mis compañeros los conocí ahí, en la
redacción. A algunos ya los había cruzado durante el cursado de la Licenciatura
en Comunicación Social en la UNC. A otros sólo los tenía de nombre. Empecé a
ejercer la profesión en los medios en 2004. Ingresé al staff de El Argentino en
noviembre de 2013. En ese momento trabajaba en el área de prensa del gremio de
docentes universitarios. Evalué alternativas y me decidí a enviar mi
currículum, para dar el salto hacia el Grupo 23. Hoy pienso: el salto al
vacío.
Así me convertí en la segunda mujer de la redacción, junto
con Cecilia, nuestra diseñadora y delegada. Desde ese lugar ejercí este oficio
que llevo en las entrañas, que no abandoné ni en las peores épocas y al que
tampoco renunciaré ahora. Peleé para que saquen a la ‘chica de tapa’, discutí
con mis compañeros sobre el abordaje de los casos de femicidio, me conecté
primero con las compañeras de Red Par y más tarde con las del colectivo
#NiUnaMenos. Escribí sobre economía y después me metí de cabeza en tribunales,
donde me di el gusto de cubrir el juicio por el femicidio de Paola Acosta y el
del Comisario Marquez, por detenciones arbitrarias en base a la aplicación del
Código de Faltas.
En septiembre de este año, a horas de la sentencia del
juicio por Paola y Martina, me enteré que ya venía en camino mi primera hija.
Va a nacer en mayo y ya está aprendiendo conmigo sobre la amarga experiencia
del desempleo. Me consuelo pensando que mi pequeña también estuvo ahí presente
cada vez que nos encontramos en una plaza para reclamar por nuestras fuentes de
trabajo, cada vez que nos reunimos en asamblea con mis compañeros. Sabe que a
veces lloro de angustia e impotencia, y que otras veces vibro en el fragor de
la lucha. Pienso que todo eso quizás forme parte de sus primeros aprendizajes
sobre este mundo al que vendrá, un mundo en el que los dueños de las empresas
privilegian siempre su rentabilidad por encima de la vida de quienes trabajan.
Entrado el mes de enero, todavía espero noticias sobre el
salario de noviembre, el de diciembre y el aguinaldo que me debe SS. De vez en
cuando ingreso a mi cuenta del Macro para verificar si existe algún indicio del
fin de esta pesadilla. Pero no. ‘Cero peso’. A estas alturas, ya suspendí las
vacaciones que había planeado para descansar y renovar energías en vistas de un
año que se me vino encima. Enero me encontró frente a la computadora, con el
ventilador encendido, ensayando notas, arrojando reflexiones al Facebook y buscando
laburo. Mi heladera empezó a verse distinta, triste, desértica. Consumo lo
mínimo indispensable para que a mi bebé no le falte nada. Eso es lo único que
me importa en este momento.
Mientras tanto, intento descubrir si soy parte de ‘la grasa
que sobra’ o si soy una ‘ñoqui’. Es extraño. No me siento identificada con
ninguna de esas categorías con las que definen a los más de 50 mil trabajadores
y trabajadoras -del sector público y privado- despedidxs en los últimos meses.
Quizás el desconcierto, el sentirme desencajada, sea también uno de los
síntomas de andar caminando en el limbo.
Final cantado
Finalmente, en la última semana de enero, atendieron el
teléfono en las oficinas de Puerto Madero. Nos ofrecieron plata a cambio de la
firma de un acuerdo en el que renunciamos a todos nuestros derechos como
trabajadores. Una práctica habitual en el ámbito privado para evitar una
catarata de juicios laborales.
El grupo de watsapp estalla.
- Están locos si piensan que vamos a agarrar.
- Nos ofrecen un 40% de lo que corresponde, es una burla.
- Yo no tengo margen cumpas. Si no agarro tengo que vender el auto.
- Yo igual. Estoy debiendo dos meses de alquiler y tengo que pasar la cuota alimentaria.
- Yo les hago juicio. No firmo ni en pedo.
- ¿Saben si les ofrecieron algo al resto de los Argentinos?
- A Rosario sí.
- Asamblea a las 18 en la redacción. Les parece?
El grupo de watsapp estalla.
- Están locos si piensan que vamos a agarrar.
- Nos ofrecen un 40% de lo que corresponde, es una burla.
- Yo no tengo margen cumpas. Si no agarro tengo que vender el auto.
- Yo igual. Estoy debiendo dos meses de alquiler y tengo que pasar la cuota alimentaria.
- Yo les hago juicio. No firmo ni en pedo.
- ¿Saben si les ofrecieron algo al resto de los Argentinos?
- A Rosario sí.
- Asamblea a las 18 en la redacción. Les parece?
La bronca nos arrebata un primer ‘no’ rotundo. Pero con el
correr de las horas, reunidos en el diario, analizamos nuestras posibilidades
reales de sostener el conflicto desde Córdoba. La mayoría de nosotros venía
arrastrando un cansancio de años golpeando puertas y enviando mails a Buenos Aires para resolver asuntos
mínimos, que jamás tuvieron una respuesta favorable por parte de la empresa. El
bolsillo aprieta, aprieta muy fuerte. Mi hija patea en la panza. No tengo
margen para pasarme cinco años en los pasillos de tribunales. Ellos lo saben.
Llegué a las escalinatas del Ministerio de Trabajo de la
Provincia con el sol del mediodía del 1° de febrero. Adentro, el frío de la
espera. Mis compañeros se fueron sumando de a uno. El silencio alternaba con
algunos comentarios aislados. Nos mirábamos, ensayábamos fantasías en las que
el final siempre era desastroso para nosotros. No sabíamos que ésta sería la
primera vez que la empresa cumpliría con su promesa. Esta vez, el final estaba
cantado.
Encontrarse cara a cara con el que te deja sin laburo es,
sin dudas, una de las experiencias más amargas y violentas que te puede tocar atravesar.
Tuvimos que firmar el acuerdo catorce veces. Catorce. Una copia para cada uno
de nosotros, otra para el Ministerio, otras dos para SS. La cara contra el
papel, las muelas apretadas, los ojos híper concentrados chequeando cifras,
números de cuenta, fechas. Nada es suficiente. Si estos tipos te quieren cagar,
lo van a hacer. Lo están haciendo. A esas alturas es difícil no sentir que
están acabando con tu dignidad.
Al salir de la sala de audiencias, con nuestras copias en
mano, nos cruzamos con un grupo de siete trabajadores del sector metalúrgico
que ingresaban junto a su patrón a uno de los boxes del Ministerio. Caminaban
con paso cansado, sus rostros largos, sus miradas vidriosas. Intercambiamos un
mismo gesto. También iban a quedarse sin laburo. Pero esta vez, no iba a acercarles
el grabador para preguntarles quiénes eran o dónde trabajaban. Tampoco iba a
escribir una nota sobre ‘los despidos en Córdoba’. Esta vez, también yo me
convertí en una cifra muda, borrosa, caminando a tientas hacia el territorio
incierto del desempleo.
A lxs compañerxs de Tiempo, Radio América, El Argentino,
CN23, Splendid, Vorterix, 7 Días, Cielos Argentinos, Infonews, Rock & Pop y
El Gráfico que continúan en lucha.
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#FuerzaTodos
Seguí en facebook a los laburantes del G23 http://on.fb.me/1PiKd8M





No te conozco Soledad, pero te deseo lo mejor. Me sentí identificada con tu crónica (ya pasé x despidos en diarios) y, además, me gustó leerte. Entiendo el desasosiego, pero después de este limbo con certeza vendrán otras oportunidades... Un abrazo!
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