
Dos cosas me llamaron la atención en la ruta. La primera, los
campos de girasol que se extienden como centenares de faroles amarillos apostados
en un horizonte que, a diferencia del cordobés, no es exclusivamente sojero.
- Qué
bien – digo, todavía sin saber –, qué bueno que acá siembran otra cosa.
La segunda cuestión que me generó curiosidad fueron los
nombres de las localidades, porque remiten a los pobladores originarios.
- Parecen los nombres que usaron para los lagos del sur…Trenque
Lauquen…no parece un lugar de la Provincia de Buenos Aires – le digo al conductor, que asiente con la cabeza, sin quitar la mirada de la ruta 33, a esa
hora repleta de camiones que, como nosotros, se dirigen a Bahía Blanca.
Antes de salir, había querido hacerme de algunos libros para
las vacaciones en la playa. Para mí, no hay playa, sin libros. Pero la ansiedad
me ganó y ya me había devorado el único que pude conseguir antes de partir. “Una
historia sencilla”, de Leila Guerriero. Le pregunté al dueño de ese título, si
tenía otros similares. Había uno que me interesaba en especial. “La biblioteca está llena, ese justo lo presté, venite” – me dijo en un
mensaje de Facebook. No hice tiempo. Los preparativos para las vacaciones son
de una magnitud que una solo puede medir cuando está frente al placard repleto
de opciones, para días de calor y para días de lluvia. “Llevo esto, por si está
feo”, factor que una empieza a tener en cuenta después de los treinta y pico.
La cuestión es que salí a la ruta así, desnuda de libros y
con varias opciones climáticas en el bolso. “Epecuen”, me sonó enseguida a ‘originario’.
Después me enteraría que era, más precisamente, tehuelche. Antes de salir,
había estado googleando el recorrido
posible. Nunca había estado en Bahía Blanca y necesitaba reducir mis
incertidumbres en relación a la ruta. En mi pesquisa descubrí que la 33 también
se conoce como “ruta de la muerte”. Apa. Pensé que el principal motivo para un
nombre tan perturbador sería el tránsito pesado, el calamitoso estado de la
carpeta asfáltica y de las banquinas. Pero jamás hubiera imaginado que esa ruta
escondía el acceso a un territorio donde la muerte se había presentado como un
aluvión inevitable.
A las enormes lagunas habitadas por despampanantes flamencos
rosados, le siguieron hectáreas y hectáreas de campo salitroso. El tono
desértico del paisaje contrastaba absolutamente con la abundancia que habíamos
visto algunos kilómetros atrás. A las fotografías de campos verdes y amarillos,
le siguieron postales de tierras áridas y blancuzcas. “Pobre el guaso que
compró estos campos, cómo se debe haber clavado” – dije en voz alta y afirmando
contrariamente para mis adentros que cualquiera que haya comprado esas tierras
habría sido seguramente un magnate detestable, apropiador de suelos ancestrales,
para quien una pérdida semejante habría significado seguramente migajas, comparándola
con su fortuna de origen.
Lo que no sabía era que muy pronto confirmaría esta versión
libre de una historia que estaba dándome indicios, como breves adelantos para
que, finalmente, en ojotas, la descubriera. Las preguntas me quedaron dando
vueltas durante todo el viaje.
En la playa, las cosas se dieron como había anticipado mi
guardarropas. De los siete días que permanecimos en Pehuen-Có, solo tuvimos
tres de sol y cuatro de una lluvia más o menos intensa. Elegimos ir en carpa,
para volver a creer en la aventura 'post aburguesamiento' y afortunadamente, la
lona de la que estaba hecho el iglú aguantó. No entró una sola gota de agua. “Qué
suerte” – pensé egoísta, mientras veía que alrededor nuestro, varias tiendas se
hundían en el barro. Habían hecho canaletas, quizás ignorando que en terrenos
arenosos no hace falta, que es peor porque el agua, en lugar de escurrir
naturalmente, se acumula y se convierte en un charco alagado ineludible.
Después del segundo día de lluvia, varios ‘vecinos’ resolvieron desarmar el
campamento y salir despacio, antes de que el agua les empezara a arruinar del
todo la estadía.
Nosotros fuimos pacientes. Cerramos herméticamente la carpa,
dejamos que lloviera y nos fuimos a un café con wi-fi en el pueblo. A las pocas
horas empezó a asomar un poco el sol. Volvimos al camping. Lo que siguió fueron
algunas lloviznas intermitentes y al otro día el cielo de Pehuen-Co nos regaló
un celeste soleado que rajó la tierra y nos secó todos los temores de quedar
atrapados en una humedad infinita.
Disfrutamos unos días del mar y decidimos emprender el
regreso. Al pasar por los mismos lugares en la ruta, sentí que ya los conocía
desde siempre. La idea sería hacer menos paradas esta vez, para ahorrar tiempo.
Solo nos detendríamos en Trenque Lauquen para cargar combustible y continuar
hacia Córdoba. Salimos temprano por la ruta 3, pasamos por Bahía Blanca,
tomamos la 33 seguimos hasta Tornquist y ahí no di más de ganas de ir al baño.
Parada técnica un poco más adelante, en la estación de Pigüé. Después, siguiendo por la
33, llegamos a Guaminí, la zona llena de lagos y pájaros, que a mi entender, conformaban
un escenario ideal para filmar una película o un buen documental. Siempre
pienso ese tipo de cosas cuando viajo. Voy sacando fotos mentales e imagino
escenas cinematográficas que olvido rápidamente.Quizás algún día debería hacer algo con eso.
El viaje fue largo. Ya en Córdoba, algunas horas en la
ciudad y de vuelta a la ruta para aprovechar los últimos días de vacaciones. Esta
vez nos llamaban los ríos de Traslasierra y esta vez, el agua y la reposera no
me iban a encontrar desprevenida. De camino, pasé por la librería de un centro
comercial en ruta 20, con la esperanza de que los best-sellers no se hubiesen
devorado la totalidad de los anaqueles y ahí lo encontré. Un poco caro, pero
con todo lo que lo había esperado, pasé la tarjeta con entusiasmo.
Salí de la librería. Entré al auto. “Lo conseguí” –dije orgullosa.
Lo saqué de la bolsita y acaricié la portada, como si detrás de ella se hubiera
escondido un preciado secreto. “El agua mala… ¿por qué será?” – pregunté casi redundante.
Unos colegas periodistas me habían adelantado que el libro se publicó en
diciembre, hace apenas un mes y que hablaba de una inundación. Se conseguía más
barato en Buenos Aires, pero no me importó. Yo andaba con una imperiosas ganas
de leer crónicas, quizás para inspirarme y animarme, algún día, a contar una
historia.
Cuando volví a abrir las páginas del libro de Josefina
Licitra, ya estaba sentada en mi reposera sobre el río Panaholma. No podía salir de
mi asombro al descubrir…que había pasado de largo. Que “Epecuen” había estado a pocos kilómetros de
ese tramo de la ruta 33, donde me asestaron las preguntas. Quizás esos
flamencos, esos campos de girasol, esa salitre en el suelo alambrado y árido, habían sido pistas, señales, llamados. Quizás, temí quedar atrapada y
apreté el acelerador. Quizás las historias de ese pueblito fantasma de la
provincia de Buenos Aires me estaban persiguiendo. Y ahora, siento, que no puedo
hacer otra cosa que escribir, mientras preparo el mate y me alisto para ir al río a sumergirme
por completo en las últimas páginas de la historia de la gente de “Epecuen”,
tan maravillosamente cronicada por Licitra. Me acuerdo de la 33. Repaso los cartelitos de los pueblos que pasamos. No puedo parar. (Continuará,
seguramente…).
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