Dicen que cuando Diego Armando Maradona llegó a Newells Old Boy´s de Rosario, allá por el año 1993, ya había existido un jugador mejor que él, mejor que todos. Se llamaba Tomás Felipe Carlovich, popularmente conocido como “Trinche”.
Dicen también que este tal “Trinche” la descocía jugando de
cinco en el Club Atlético Central Córdoba de Rosario y que también lo hizo en
las inferiores de Rosario Central, en Independiente de Rivadavia, y fugazmente
en Colón de Santa Fe.
Dicen los que lo vieron jugar durante la década del ’70 que Carlovich hizo cosas descomunales, jamás
vistas con la pelota. Directores técnicos, ex jugadores, entre los que se
cuenta al mismísimo José Pekerman, además de Marcelo Bielsa, César Luis Menotti,
Carlos Griguol, y muchos otros, aseguran que se trataba de un jugador único. El
propio Maradona dijo en diálogo con la prensa que el mejor jugador de Rosario
había sido “un tal Carlovich”.
Dicen también que el mediocampista le hizo pasar un momento
incómodo a la selección nacional del ’74 cuando jugó con la camiseta del equipo
rosarino que le terminó ganando 3 a 1 al combinado argentino. Cuentan que
tuvieron que sacarlo de la cancha para evitarle una vergüenza mayor a Vladislao
Cap, por aquel entonces técnico del plantel albiceleste.
Pese a todo lo que se dice de él, no hay registros de su
actuación en el campo de juego. Hace muy poquito tiempo apareció una filmación
de apenas diez segundos donde se lo ve a Carlovich haciendo una gambeta preciosa,
con la zurda y la pelota prácticamente unida al botín. Eso es todo, ese es el
único elemento probatorio de las hazañas del “Trinche” en la cancha.
Héroe del pueblo
Cuando los ex jugadores de Pinto (Santiago del Estero) volvieron
a casa después de ganar la semifinal contra los Cebollitas –las inferiores de
Argentinos Juniors- y consagrarse campeones nacionales, todo el pueblo los
estaba esperando. Corría el año 1973 y el equipo santiagueño le había “pintado
la cara” al plantel donde jugó por primera vez en cancha grande Dieguito, un
niño que por aquel entonces soñaba con llegar a jugar el Mundial y ganar en la
octava división.
Aquella tarde del año en que había vuelto la democracia a la
Argentina de la mano del gobierno peronista, el arquero de Pinto le atajó un
hermoso penal a Diego, volando magistralmente hacia uno de los palos. Sus
compañeros festejaron durante todo el viaje de vuelta. Al llegar, familiares,
amigos y vecinos recibieron como un héroe al arquerito que había conseguido una
victoria histórica, que era la de todo Pinto. Los Cebollitas tuvieron su
revancha al año siguiente, cuando finalmente se consagraron campeones en los
Juegos Nacionales Evita.
Las imágenes de aquel Diego que se ilusionaba con salir del
potrero y jugar con la camiseta argentina forman parte del relato que años más
tarde lo transformó en un mito insuperable. La repetición una vez y otra de
aquella historia, del pibe de Villa Fiorito, que sus hermanitos y compañeros de
equipo ya reconocían como un fenómeno y que logró superar todas las
adversidades haciendo magia con sus botines, alimentaron una figura enorme que
por alguna razón encarna los sueños de miles y miles de jóvenes futbolistas en
todo el mundo.
Un mito, el mito
Aquel 22 de junio de 1986, en el Estadio Azteca había más de
100 mil hinchas. Hacía mucho calor y el partido venía 0 a 0. Nadie vio el gol
con la mano de Diego Maradona a los ingleses. Ni el juez de línea, ni el referí
que lo dio por válido. La mano de Diego -la mano de Dios- aparece visualmente
en las repeticiones, en el registro fotográfico y en el comentario que hace
segundos después de la jugada, Víctor Hugo Morales.
Apenas cinco minutos más tarde se produciría otro “milagro”
futbolístico, que Víctor Hugo comentaría emocionado hasta las lágrimas: “Barrilete
cósmico, de qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto a inglés, para
que el país sea un puño apretado, gritando por Argentina”.
El poético modo con el cual Víctor Hugo relata el gol
conocido mundialmente como “el mejor gol de todos los tiempos”, demuestra que la
performatividad de un mito, genera al mismo tiempo, un relato sobre la propia
identidad, en este caso, la identidad nacional. Hay quienes afirman que el gol
de Diego a los ingleses, no hubiera sido igual sin el relato de Víctor Hugo.
Hay quienes aseguran que ese gol, fue de los dos.
Los mitos populares son, antes que nada, construcciones
sociales y en el fútbol sobran los ejemplos en los cuales los relatos
históricos son refrendados en procesos de identificación. Tatuarse a Diego en
la piel, es en cierto modo tatuarse al pibe de Villa Fiorito que salió del
potrero para jugar en primera; al que le hizo el gol a los ingleses, pocos años
después de que cientos de jóvenes argentinos habían muerto en Malvinas.
Pero, ¿dónde quedaron las hazañas del “Trinche” Carlovich?
¿Qué fue de la vida del arquerito que le atajó el penal a Maradona y le dio el
campeonato a Pinto en 1973? En la construcción de un relato se privilegian
algunos significados por sobre otros y si ese relato se vuelve unívoco, se
clausuran de algún modo las tensiones propias de toda construcción social.
El mejor de todos los
tiempos
Dicen algunos que Carlovich no logró ser Maradona, porque
era un tipo que le escapaba a las presiones que implica el fútbol profesional.
Sin embargo, cuando un documentalista español le pregunta recientemente si le
gustaría volver a la cancha, al “Trinche” se le anuda la garganta y los ojos se
le inundan de recuerdos e ilusiones de otros tiempos.
En el bar de su querido Club Atlético Central Córdoba, donde
también trabajó como técnico, Carlovich charla con sus amigos y mira de reojo
el televisor. Están pasando una publicidad de YPF, sponsor de la selección
nacional en el Mundial de Brasil 2014. La propaganda se llama “Visionarios” y se
los ve jugando, de chicos, a Fernando Gago, Lionel Messi, Ezequiel Lavezzi,
Javier Mascherano, Maxi Rodriguez y Gonzalo Higuain. “Alguien vio algo, que
otros no veían”, narra la voz en el relato publicitario.
“Para mi jugar en el Central Córdoba, fue como jugar en el
Real Madrid”, dice el “Trinche”. Afirman, los que lo vieron, que así fue.


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