martes, 13 de enero de 2015

Chicas muertas me desvelan


Intento hacer memoria, pero me canso rápido y busco en google. Palabra clave: "femicidio". Busco rastros del caso de la adolescente de 17 años que apareció muerta en un basural de José León Suarez, provincia de Buenos Aires. Se llamaba Melina, Melina Romero. Clickeo en "imágenes". Google me devuelve una foto erotizada de la joven asesinada el 23 de agosto pasado. La foto fue extraída de las redes sociales y fue utilizada hasta el hartazgo para ilustrar las coberturas "periodísticas" (las comillas son adrede) que siguieron el caso. 

De Melina se dijo de todo. Los medios hegemónicos dieron de comer a sus audiencias ávidas de morbo durante varias semanas, nutriendo sus titulares con detalles y pormenores de la vida personal de la adolescente, que ellos mismos construyeron como una novela, desarrollada en varios capítulos. "Festejaba sus 17 años y desapareció" "Creen que a Melina la mataron a golpes porque se resistió a un ataque sexual"  "Detienen a un adolescente por la desaparición de Melina" "La madre de Melina: 'La Policía me dijo que mi hija está muerta, que la golpearon y la mataron" "Qué pasa si no se halla el cadaver" "Buscan a Melina en descampados". La estigmatización de la joven comenzó quizás más intensamente en este capítulo: "Una testigo confirmó que a Melina la mataron en una 'fiesta' sexual".

A partir de allí se involucró a la adolescente con toda clase de hechos 'inapropiados' -condenables socialmente por los representantes de la moral absoluta- que incluían la participación de Melina en una secta, y que fueron presentados como una especie de "pecado mortal".  El broche de oro fue este título de Clarín: "Una fanática de los boliches, que abandonó la secundaria". Los medios la mostraron como una chica pobre, víctima de un contexto en el cual las orgías y el consumo de drogas aparecieron como naturalizados.

"La vida de Melina Romero, de 17 años, no tiene rumbo. Hija de padres separados, dejó de estudiar hace dos años y desde entonces nunca trabajó. Según sus amigos, suele pasarse la mayoría del tiempo en la calle con chicas de su edad o yendo a bailar, tanto al turno matiné como a la noche, con amigos más grandes. En su casa nadie controló jamás sus horarios y más de una vez se peleó con su mamá y desapareció unos días" (Clarin, 13 de sepitembre de 2014)
Esta nota fue publicada cuando la policía se encontraba en plena búsqueda de la joven. En ese momento, no se conocían mayores detalles respecto de lo ocurrido la noche en que la mataron. Pero eso no importa, ese no es lo que importa para algunos medios de comunicación que no tienen reparos a la hora de mercantilizar el morbo para asegurarse la venta de una tapa o garantizarse un click en su portal web.

En google aparecen juntas, las fotos de Melina Romero y las de Lola Chomnalez, la adolescente de 15 años asesinada en Balizas, Uruguay. Es que quizas ambos casos tengan bastante en común, aunque hayan sido presentados de manera tan distinta. Ambas fueron revictimizadas y condenadas por la prensa. Una por "incorrecta" y otra por "descuidada", las dos hicieron cosas que las convirtieron en responsables de lo que les pasó. 'Lo que les pasó' y no 'lo que les hicieron'. Hay allí un juego bastante perverso, pienso, en el cual ambas chicas quedan atrapadas. Lo cierto es que no existe justificación posible a semejantes actos de violencia, que derive de las conductas de estas chicas.

En el caso de Lola, el foco mediático estuvo puesto en los "perejiles" que fue incorporando la causa como sospechosos y posibles autores del crimen. A diferencia del caso de Melina, poco y nada se dio a conocer sobre la vida personal de la joven hllada muerta en Uruguay. El único dato que trascendió es que era nieta de una reconocida cocinera y que su familia vivía en el barrio porteño de Caballito. Pero las cámaras televisivas se apostaron en el domicilio de su abuela, Beatriz Chomnalez, que vive en Palermo, uno de los más coquetos barrio de Buenos Aires. ¿Por qué?

Quizás porque desde ese lugar se construyó la noticia sobre el asesinato de Lola. La crónica incluye fotos cuidadas, provistas por su familia, que muestran a una chica "bien", que fue a visitar a su madrina a Valizas -un distinguido balneario ubicado en el departamento de Rocha (Uruguay)- que salió con un libro a la playa y que jamás regresó.

Días atrás, una colega de Página/12 se preguntaba si existe un límite para el espectáculo, cuando lo que está en juego es la vida, la muerte y la dignidad de una persona, de una mujer, de una niña, de una adolescente. Distintas especialistas concluían en que el límite se encuentra fijado por la demanda del público, de las audiencias, cuando en verdad debería ubicarse en el no entorpecimiento de la causa judicial. Coincido.

Mis amigas militantes feministas están cansadas de que les consulte ¿cómo hago referencia a la víctima?, ¿qué foto me conviene usar para esta nota? ¿qué información puede ser de utilidad y qué datos conviene que se queden en mi carpeta de "borradores"?. No me importa, que se cansen, que me expliquen todas las veces que sea necesario. El editor me apura con la nota, cree que estoy haciendo nada, que boludeo en facebook, que pierdo el tiempo. Pero no. Estoy haciendo.

Ejerzo el periodismo desde muy chica. (Cuando era más chica, recuerdo estar mirando el noticiero con mi abuela y ver imágenes de María Soledad Morales. No recuerdo muy bien qué veía, pero lo que recuerdo me genera náuseas). Con los años pude desarrollar el oficio y hoy puedo resolver una nota periodísticamente digna, en muy poco tiempo. Sin embargo, desde que me involucré con estas mujeres, con los femicidios que se multiplican en mi provincia y en el resto del país, empecé a tomar conciencia de lo que somos capaces de hacer los/las periodistas en los medios y la neurosis se ha convertido en mi herramienta más preciada.

Al chequeo de fuentes, se me sumó otra tarea, la de pensar de qué manera un título puede revictimizar o dignificar a esas mujeres asesinadas. De qué manera una cifra puede convertirse en un rostro, en una persona con una historia y con un derecho indeclinable a la justicia. Más allá de cualquier decálogo, estas son preguntas que me interrogan, que ponen entre comillas mi propia tarea. Pienso en Melina, pienso en Lola, pienso también en Paola y en Martina. Esas mujeres me acompañan y me desafían, en cada palabra, en cada caracter, con o sin espacio. Esas mujeres me desvelan. 



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