
NOTAS SUELTAS SOBRE LA INUNDACIÓN EN LAS SIERRAS CHICAS
Lorenzo Cejas vive junto a Sara, su mujer, en Las Vertientes de la Granja. Desde hace más de veinte años tiene su despensa junto al puente, frente al cuartel de los bomberos. La noche del sábado 14 de febrero la casa y la despensa de Lorenzo y Sara fueron alcanzadas por la creciente del arroyo.
La lluvia se escuchó intensa durante toda la noche del
sábado, acompañada del estruendo de los rayos que se sucedían con ritmo
regular. A las 5.30 de la madrugada del domingo llegó la primer creciente a la
zona de La Granja, en pleno corazón de las Sierras Chicas.
Pero Lorenzo cuenta que la peor fue la segunda, registrada
alrededor de la una de la tarde. “Cuando el agua me llega hasta acá
–señalándose el pecho-, vengo y la saco a la Sara”, cuenta el dueño de la
despensa que, como tantos habitantes de esa zona, se vio sorprendido por una
pared de agua que superó el metro y medio de altura y arrasó con todo a su paso.
Un vecino se acerca a preguntarle cómo está, si necesita
ayuda. “Estoy bien”, dice Lorenzo. “Está bien, pero
se ha quedado sin nada”, agrega su vecino mientras continúa su marcha hacia el
puente, que fue literalmente derribado por la fuerza del agua y hasta entonces solo
se podía cruzar de a pie por un sendero formado en los márgenes de la corniza
en la que se transformó la ruta.
Con la ayuda de amigos y vecinos, logró sacar fuera
la mercadería que tenía en el negocio. Todo, absolutamente todo, está lleno de
barro. El panorama en el interior de la casa es aún peor. “Ahí está la marca”, Lorenzo señala la pared
de la que era su cocina. El agua superó el metro de alto. Cuando el agua subió,
tuvo que resguardarse de la correntada. “Cuando vino el agua yo estaba parado
ahí arriba”, recuerda. “Todos los muebles tienen barro. En los roperos no
quedó nada porque los volteaba el agua. La verdad, no me quedó
nada sano”, dice apesadumbrado ‘el Lorenzo’, como lo conocen en su pueblo.
"No puedo mover los brazos porque tuve que alzar a los perros que son grandotes. Lo único que se me murió es una gata", dice y posa para la foto.
"No puedo mover los brazos porque tuve que alzar a los perros que son grandotes. Lo único que se me murió es una gata", dice y posa para la foto.
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Han pasado pocas semanas desde que terminé de leer la crónica sobre Epecuén. La lluvia del domingo 15 de febrero me encuentra 'en el lugar de los hechos'. Para un periodista eso equivale a ganarse el Quini. El lunes a la mañana, cuando el agua cede a la fuerza de un sol tímido, salgo a recorrer la zona y converso con la gente que está sacando sus cosas a la calle. Había viajado a pasar un fin de semana de descanso -eso significa: sin trabajo- y solo tengo mi celular a mano para hacer notas y sacar fotos. "Menos mal", me consuelo y salgo a las calles todavía intransitables de La Granja.
Cerca del puente cortado en el ingreso al poblado me encuentro con Lorenzo. Le digo que me gustaría hacerle una entrevista y enseguida me invita a pasar para que vea lo que hizo el agua. Me muestra su casa oscura, húmeda y absolutamente cubierta de un lodo pegajoso. Al hombre lo conoce todo el mundo, medio pueblo se frena a preguntarle 'cómo está', 'qué necesita', 'le saco las cosas mojada y se las llevo en la camioneta' y los ofrecimientos siguen.
Le propongo publicar su historia en el diario 'para darle una mano de alguna manera' y él accede, sin mayores preámbulos. Íntimamente pienso que es muy difícil que una nota pueda modificar las decisiones políticas de un gobierno que hasta ese momento, no había dado señales de vida en la zona. Pero confío y me embalo con preguntas.
Lorenzo me cuenta que hasta ese momento 'no vino nadie' oficialmente a ofrecerle ayuda, agua o un refugio. No lo pongo en la nota, quizás porque me parece apresurado o simplemente, creo que las urgencias son otras, que 'ya habrá tiempo para endilgar responsabilidades'. Por un instante, pienso en el desmonte, en los emprendimientos inmobiliarios actuales y los que se vienen.
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Esa noche del sábado, en las Vertientes de La Granja, el estruendo del cielo y los 300 milímetros de lluvia que se escuchaban intensos y contínuos, anunciaban el desastre que nos encontraríamos a la mañana siguiente. Las Sierras Chicas sufrieron un desborde de sus ríos y arroyos, sin precedentes en la historia de la región.
En Villa Allende, Unquillo y Mendiolaza el panorama todavía es crítico. Casas destruidas por completo, inundadas por el agua que buscó su cauce natural, en una zona donde el desmonte, la urbanización desmedida y sin planificación generaron condiciones óptimas para que todo se transformara en un río de furioso caudal, que arrasó con lo que halló a su paso.
Dos días después, el puente de ingreso a la Granja continuaba obstruido. La creciente del arroyo que dejó a Lorenzo bajo el agua también se había llevado parte de la ruta y destruyó la estación de bomberos. El camino de regreso a la capital, por Jesús María, fue reabierto recién el lunes, pasado el mediodía.
Vuelvo a la ciudad. El Suquía se comió sus márgenes, pero mi patio está en orden. Las plantas brotan verdes y olorosas.
Escribo estas líneas intentando dejar un rastro de lo ocurrido, recuperando la experiencia más allá de los 1300 caracteres que me habilitaron en el diario.
Mientras, allá, todo es barro...pegajoso, frío.
