lunes, 9 de mayo de 2016

El periodismo son los medios


Desempleo, unificación del discurso y exclusión, las primeras consecuencias de las nuevas políticas de comunicación implementadas por el gobierno de Mauricio Macri. Un horizonte desolador, signado por mecanismos monopólicos y de concentración, que solo podrá iluminarse a partir de la defensa organizada de la ciudadanía comunicativa.

No fue pura casualidad. Los telegramas de despido empezaron a llegar a los trabajadores de prensa mientras el Jefe de Gabinete, Marcos Peña anunciaba por cadena nacional “el fin de la guerra del Estado contra el periodismo”, de la mano del DNU 267/2015 que modificó la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual 26.522 y la Ley 27.078.

Los efectos del golpe de timón aplicado a las políticas de comunicación en la gestión macrista se manifestaron de inmediato. Medios gráficos cerrando sus puertas y dejando en la calle a decenas de trabajadores de la comunicación. Periodistas de enorme trayectoria, identificados con el kirchnerismo, cuyos contratos no se renovaron. Programas de tv exitosos que se levantaron, mientras presuntos periodistas de investigación volaban en primera clase y sin escalas a Miami, para regresar reciclados y oliendo a perfume comprado en el free shop (tax free, of course).

Medios comunitarios y cooperativos, trabajadores despedidos o en situación de absoluta precariedad, saliendo otra vez juntos a las plazas, a defender la comunicación como derecho humano innegociable y a rechazar la avanzada legal del monopolio.  

Como en un deja vu del esquema que logró transformarse en virtud de varias décadas de militancia, la legalidad volvió a presentarse como amiga del mercado manejado por grandes capitales concentrados, que no reservan sus intereses únicamente a sus empresas de medios.

Los medios –sus medios- responden más bien a una estructura amplia en la que se ponen en juego no solamente sus negocios televisivos o radiales, sino que se proyectan en los mercados deportivos y de bienes culturales en general. Pensemos en el caso de Fútbol para Todos o en la exclusión del canal de noticias Telesur de la grilla de la Televisión Digital Abierta (TDA), hoy en stand by, vaciada de recursos para generar nuevos contenidos.

Mentira la verdad

‘El periodismo son los medios’. Primera falacia en el relato macrista. Los periodistas no siempre se identifican con la línea editorial del medio en el que trabajan, ni con la ideología del patrón que les paga el sueldo. Tampoco existe una categoría absoluta que contenga las distintas expresiones que hacen al ejercicio de la práctica periodística. El periodismo, como todo abstracto, desideologizado e inmaterial, no existe.

La ‘intervención del Estado’ en el mercado de la comunicación es una ‘guerra’. Segunda falacia. La distribución del espectro radioeléctrico, su consideración como servicio público, la todavía pendiente regulación del negocio del papel prensa, la importancia de establecer porcentajes de producción audiovisual local y la distribución de pauta oficial tienen incidencia en la construcción de identidades, en el respeto por la libertad de expresión y también en la generación de empleo.

Cientos de puestos de trabajo del sector de la comunicación se perdieron desde diciembre de 2015 hasta hoy. El caso más emblemático fue quizás el del vaciamiento del Grupo Veintitrés, propiedad de los empresarios Sergio Szpolski y Matías Garfunkel, que puso en peligro 800 puestos de trabajo tras decidir discontinuar la salida del diario Tiempo Argentino (cuyos trabajadores se organizaron finalmente como cooperativa) y venderlo más tarde al Grupo Indalo, propiedad del empresario Cristóbal Lopez. Aduciendo falta de recursos hasta entonces provenientes de la pauta oficial, Szpolski también decidió paralizar las ediciones locales del matutino gratuito El Argentino y despedir periodistas en Radio Splendid y América. Este mes se sumó al listado el cierre del portal de noticias Infonews.

El despidómetro alcanzó además a Canal 9, Canal 26, BAE (Grupo Crónica), entre otros; y a los medios públicos Infojus Noticias, Radio Nacional y Canal 7, que sumaron así sus telegramas de despido al extenso listado de trabajadores del sector privado que fueron cesanteados en los últimos meses en todo el país.

El impacto de la progresiva concentración del mapa de medios sobre el mercado laboral, con ausencia del Estado, pone en marcha dos mecanismos conexos. Por un lado, la unificación de la línea editorial en función de intereses estrictamente mercantiles; y, en paralelo, la cartelización laboral, que implica la eventual práctica de una autocensura periodística, con el objetivo de preservar la fuente de trabajo y garantizarse la permanencia en los medios del grupo monopólico.

Las consecuencias resultan predecibles: refuerzo del discurso único, restricción al ejercicio del derecho a la comunicación y varios pasos atrás en la democratización del mapa de medios.

Geografías de la concentración

Queda claro entonces que cuando hablamos del derecho a la comunicación, también hablamos, necesariamente, de la distribución y la propiedad de los medios. Desde la economía política (Ecopol) de la comunicación es posible identificar tres tipos de concentración en el sector cultural: horizontal (expansión monomedia), integral (expansión vertical) y diagonal (conglomeral), cuando trasciende el sector de la comunicación. A estas categorías se le suma la de ‘convergencia’, que involucra al sector audiovisual, pero también a las telecomunicaciones y a internet.

Así, los servicios tradicionales de radio y televisión que se desarrollaron en América Latina entre la décadas del ‘20 y del ’60, se estructuran hoy en torno a los procesos ‘infocomunicacionales’, en los términos en que lo plantea Martín Becerra.

La composición del mercado de la infocomunicación es analizable en escala en toda la región. De hecho, los grupos empresarios se repiten o exhiben vínculos directos entre sí. Becerra (2015) reconoce tres vehículos principales de distribución de contenidos: tv paga, telefonía móvil e internet banda ancha. En el caso de Argentina, la televisión por cable se distribuye básicamente en cuatro manos: Cablevisión (Clarin-Fintech), DirecTV, Supercanal y Telecentro. Mientras que el servicio de telefonía móvil se reparte entre Claro (Telmex), Personal (Telecom-Fintech-Werthein), Movistar (Telefónica) y Nextel. En el caso de internet, las empresas que concentran la provisión del servicio son Speedy (Telefónica), Arnet (Telecom-Fintech-Werthein) y Fibertel (Clarín-Fintech).

Sus negocios son transversales y las estrategias mediáticas destinadas a la protección de sus intereses responden a la complejidad de sus planes de expansión en América Latina. Las asimetrías que genera este esquema se traducen al mismo tiempo en barreras para el pluralismo, la diversidad informativa y el ejercicio de los derechos comunicacionales y culturales consagrados en el derecho internacional.      
Reubicarse en el mapa

No resulta extraño pensar entonces que sin la presencia del Estado, el mapa de medios se dirige hacia un escenario de libremercado y concentración de las comunicaciones, en el que los efectos de la convergencia tecnológica van en contra de la ciudadanía comunicativa y del empleo en el sector.

En el marco del anuncio de las modificaciones a la LSCA y a la ley Argentina Digital, Marcos Peña dijo: "Se van a sacar cepos a la industria para que se puede modificar y mejorar la necesidad de inversiones, para que pueda estar más claro el marco normativo y que haya un contexto de competencia que tiene que haber en el sector".

En criollo, esto se tradujo en un paquete de nuevas regulaciones aplicadas sin debate en el Congreso, que liberaron el camino a las fusiones de empresas y dejaron fuera de norma, nada más y nada menos, que al servicio de tv por cable, hoy fundamentalmente en manos de Clarín, y con llegada a 8 millones de hogares en Argentina. Su desregulación implica hacer la vista gorda al proceso de concentración y de expansión territorial del monopolio, que cubre el servicio de tv en zonas y poblados a los que no llega la transmisión por aire, ni –ahora mucho menos- la digital.  

Es por eso que entre los nuevos 21 puntos que planteó la Coalición por una Comunicación Democrática para reabrir el debate sobre el mapa de medios en Argentina, la alusión a la propiedad diversificada resulta fundamental para evitar un nuevo blindaje mediático local y regional basado exclusivamente en los mecanismos y en la ideología de libremercado y en la lógica de consumo que -como ha quedado demostrado en nuestra historia reciente- no se lleva nada bien con el ejercicio pleno del derecho a la comunicación.


(Nota publicada en revista Deodoro / Junio 2016 Universidad Nacional de Córdoba)

martes, 9 de febrero de 2016

Crónica desde el limbo

Festival contra el vaciamiento del Grupo 23 (Foto: Facción)


Mi nombre es Soledad Soler. Vivo en Córdoba capital. Sí, uno de los distritos donde ‘Cambiemos’ ganó por goleada. Me formé en la Universidad Pública. Soy periodista y trabajo en un diario que se llama El Argentino, identificado con el kirchnerismo e integrante del Grupo 23 que dirigen Sergio Szpolski y Matías Garfunkel. 

Bueno, primera corrección: trabajaba. Con varios meses de atraso en el pago de nuestros salarios, el 15 de enero la responsable de Recursos Humanos de la empresa, María Gracia Perrone, nos informó que el diario dejaría de salir en sus ediciones de Córdoba, Mar del Plata y Rosario. Aunque ya hacía un tiempo que no se imprimía y que todos nosotros ensayábamos una especie de simulacro para la web, finalmente “la grieta” entre el patrón y los trabajadores quedó expresada en toda su violencia.

Eso sí. No hubo telegrama de despido, tampoco oferta de retiro voluntario. Nuestra situación se planteó más bien como una especie de limbo laboral, en el que nos movíamos a tientas, intentando descifrar cuál sería la próxima canallada de SS. Así nos referimos históricamente a Szpolski los laburantes. Sí, SS. Como mis propias iniciales, pero del otro lado del mostrador, digamos, dibujadas en el contorno de un paisaje espeso y nebuloso en el que me niego a permanecer. 
 
La espera inútil

- ¿Alguna novedad por allá? En Córdoba, nada.

- Nada. A nosotros ni siquiera nos atienden el teléfono. Estamos organizando el viaje para el plenario. La idea es organizar un festival y un escrache frente a las oficinas del Grupo. Veremos si el sindicato nos facilita los pasajes. Ustedes van?

- Tenemos un compañero allá. El gremio nos ofreció un auto. Sí, vamos al plenario. Allá nos vemos. Fuerza.

Lo primero que se manifestó en el cuerpo fue un nudo apretado en la garganta y una extraña sensación de andar a ciegas. El plazo de pago ya se había vencido por completo. En el tercer día consecutivo apretando F5 para verificar el saldo de la cuenta bancaria las manos empezaron a sudar. ‘Cero peso’, escribo en el grupo de watsapp que comparto con mis compañeros del diario. La respuesta es unánime. A 15 días del mes de noviembre nadie cobró. 



En El Argentino Córdoba somos once. Como un equipo de fútbol. A medida que pasan los días, la cancha se nos achica. Hacia el final de noviembre, ya no sabemos cómo plantear el partido ante un rival que juega a las escondidas, que especula con nuestra capacidad de sostener la batalla en el campo de juego  y con nuestra necesidad de parar la olla. Nos organizamos, permanecemos en asamblea junto con otros cientos de trabajadores del mismo Grupo.

A la mayoría de mis compañeros los conocí ahí, en la redacción. A algunos ya los había cruzado durante el cursado de la Licenciatura en Comunicación Social en la UNC. A otros sólo los tenía de nombre. Empecé a ejercer la profesión en los medios en 2004. Ingresé al staff de El Argentino en noviembre de 2013. En ese momento trabajaba en el área de prensa del gremio de docentes universitarios. Evalué alternativas y me decidí a enviar mi currículum, para dar el salto hacia el Grupo 23. Hoy pienso: el salto al vacío. 

Así me convertí en la segunda mujer de la redacción, junto con Cecilia, nuestra diseñadora y delegada. Desde ese lugar ejercí este oficio que llevo en las entrañas, que no abandoné ni en las peores épocas y al que tampoco renunciaré ahora. Peleé para que saquen a la ‘chica de tapa’, discutí con mis compañeros sobre el abordaje de los casos de femicidio, me conecté primero con las compañeras de Red Par y más tarde con las del colectivo #NiUnaMenos. Escribí sobre economía y después me metí de cabeza en tribunales, donde me di el gusto de cubrir el juicio por el femicidio de Paola Acosta y el del Comisario Marquez, por detenciones arbitrarias en base a la aplicación del Código de Faltas.  

En septiembre de este año, a horas de la sentencia del juicio por Paola y Martina, me enteré que ya venía en camino mi primera hija. Va a nacer en mayo y ya está aprendiendo conmigo sobre la amarga experiencia del desempleo. Me consuelo pensando que mi pequeña también estuvo ahí presente cada vez que nos encontramos en una plaza para reclamar por nuestras fuentes de trabajo, cada vez que nos reunimos en asamblea con mis compañeros. Sabe que a veces lloro de angustia e impotencia, y que otras veces vibro en el fragor de la lucha. Pienso que todo eso quizás forme parte de sus primeros aprendizajes sobre este mundo al que vendrá, un mundo en el que los dueños de las empresas privilegian siempre su rentabilidad por encima de la vida de quienes trabajan.

Entrado el mes de enero, todavía espero noticias sobre el salario de noviembre, el de diciembre y el aguinaldo que me debe SS. De vez en cuando ingreso a mi cuenta del Macro para verificar si existe algún indicio del fin de esta pesadilla. Pero no. ‘Cero peso’. A estas alturas, ya suspendí las vacaciones que había planeado para descansar y renovar energías en vistas de un año que se me vino encima. Enero me encontró frente a la computadora, con el ventilador encendido, ensayando notas, arrojando reflexiones al Facebook y buscando laburo. Mi heladera empezó a verse distinta, triste, desértica. Consumo lo mínimo indispensable para que a mi bebé no le falte nada. Eso es lo único que me importa en este momento.

Mientras tanto, intento descubrir si soy parte de ‘la grasa que sobra’ o si soy una ‘ñoqui’. Es extraño. No me siento identificada con ninguna de esas categorías con las que definen a los más de 50 mil trabajadores y trabajadoras -del sector público y privado- despedidxs en los últimos meses. Quizás el desconcierto, el sentirme desencajada, sea también uno de los síntomas de andar caminando en el limbo.



Final cantado

Finalmente, en la última semana de enero, atendieron el teléfono en las oficinas de Puerto Madero. Nos ofrecieron plata a cambio de la firma de un acuerdo en el que renunciamos a todos nuestros derechos como trabajadores. Una práctica habitual en el ámbito privado para evitar una catarata de juicios laborales.

El grupo de watsapp estalla.

- Están locos si piensan que vamos a agarrar.

- Nos ofrecen un 40% de lo que corresponde, es una burla.

- Yo no tengo margen cumpas. Si no agarro tengo que vender el auto.

- Yo igual. Estoy debiendo dos meses de alquiler y tengo que pasar la cuota alimentaria.

- Yo les hago juicio. No firmo ni en pedo.

- ¿Saben si les ofrecieron algo al resto de los Argentinos?

- A Rosario sí.

- Asamblea a las 18 en la redacción. Les parece? 

La bronca nos arrebata un primer ‘no’ rotundo. Pero con el correr de las horas, reunidos en el diario, analizamos nuestras posibilidades reales de sostener el conflicto desde Córdoba. La mayoría de nosotros venía arrastrando un cansancio de años golpeando puertas y enviando mails a Buenos Aires para resolver asuntos mínimos, que jamás tuvieron una respuesta favorable por parte de la empresa. El bolsillo aprieta, aprieta muy fuerte. Mi hija patea en la panza. No tengo margen para pasarme cinco años en los pasillos de tribunales. Ellos lo saben.

Llegué a las escalinatas del Ministerio de Trabajo de la Provincia con el sol del mediodía del 1° de febrero. Adentro, el frío de la espera. Mis compañeros se fueron sumando de a uno. El silencio alternaba con algunos comentarios aislados. Nos mirábamos, ensayábamos fantasías en las que el final siempre era desastroso para nosotros. No sabíamos que ésta sería la primera vez que la empresa cumpliría con su promesa. Esta vez, el final estaba cantado.    

Encontrarse cara a cara con el que te deja sin laburo es, sin dudas, una de las experiencias más amargas y  violentas que te puede tocar atravesar. Tuvimos que firmar el acuerdo catorce veces. Catorce. Una copia para cada uno de nosotros, otra para el Ministerio, otras dos para SS. La cara contra el papel, las muelas apretadas, los ojos híper concentrados chequeando cifras, números de cuenta, fechas. Nada es suficiente. Si estos tipos te quieren cagar, lo van a hacer. Lo están haciendo. A esas alturas es difícil no sentir que están acabando con tu dignidad.

Al salir de la sala de audiencias, con nuestras copias en mano, nos cruzamos con un grupo de siete trabajadores del sector metalúrgico que ingresaban junto a su patrón a uno de los boxes del Ministerio. Caminaban con paso cansado, sus rostros largos, sus miradas vidriosas. Intercambiamos un mismo gesto. También iban a quedarse sin laburo. Pero esta vez, no iba a acercarles el grabador para preguntarles quiénes eran o dónde trabajaban. Tampoco iba a escribir una nota sobre ‘los despidos en Córdoba’. Esta vez, también yo me convertí en una cifra muda, borrosa, caminando a tientas hacia el territorio incierto del desempleo.


A lxs compañerxs de Tiempo, Radio América, El Argentino, CN23, Splendid, Vorterix, 7 Días, Cielos Argentinos, Infonews, Rock & Pop y El Gráfico que continúan en lucha.


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