Comunidades de
lectores que compran libros antes de que salgan, música circulando libremente
en la web y financiamiento colectivo para hacer películas. Artistas locales que
se la juegan y públicos comprometidos que se ponen la camiseta. El objetivo: dejar
fuera a los intermediarios.
Si nos ponemos a pensar, nadie inventó nada. Gieco le copió
a Bob Dylan y Keith Richards le copió a Charly García, como lo afirmó con
actitud Say No More el padre de “Kill
Gill”, un disco que se empezó a difundir en las redes mucho antes de contar con
la edición final del sello discográfico EMI, con el cual García había firmado
contrato.
Ni siquiera el título de esta nota es original. La idea de
encontrarse en “orsai”, fuera de juego frente a las reglas de la industria, fue
un invento del señor Hernán Casciari. Afortunadamente, Casciari jamás leerá
esta nota y muy probablemente tampoco tenga entre manos presentar una demanda
judicial por violación a sus derechos como autor.
El creador, primero del blog y después, de la revista Orsai conoce
muy bien cuan destrozados quedan los derechos de los autores al intentar formar
parte de un mercado editorial concentrado. Además sabe que “Orsai” ya no es de
su exclusiva propiedad, sino que le pertenece también a la comunidad de miles
de lectores que compraron y distribuyeron su revista en todo el mundo.
Una buena parte de estos lectores comprometidos es de origen
cordobés. Junto con Montevideo, Rosario y Buenos Aires, Córdoba cuenta con una
de las mayores comunidades “Orsai” de todo el planeta tierra. Y esto no es
casual. En esta provincia alejada del mar, las experiencias culturales de
organización colectiva hacen olas y forman parte de una extraña obstinación que
en los últimos años se ha convertido en sello propio.
Quizás una de las experiencias más próximas en el tiempo sea
la del nunca tan nombrado, “Cine Cordobés”. Con la nueva marea de producciones locales
-post Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual- salieron a la cancha
películas como “El invierno de los raros” (Dir. Rodrigo Guerrero), “De
Caravana” (Dir. Rosendo Ruiz), “Hipólito” (Dir. Teodoro Ciampagna) y por estos
días están asomando “Tres D” (Dir. Rosendo Ruiz) y “Atlántida” (Dir. María Inés
Barrionuevo) dos nuevas apuestas que se animan a contarle al mundo (ya sucedió en
Bafici, en el Festival Internacional de Cine de Rotterdam e incluso en el
Festival de Cine de Berlín “Berlinale”) que los productores audiovisuales
cordobeses no están dispuestos a ceder ante un mercado históricamente concentrado
en Buenos Aires y reglado por las recetas de Hollywood.
Claro que en el caso del audiovisual, resultaron
fundamentales las políticas públicas de aliento a la producción a través del
Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA), institución que
también dio un empujón a las productoras locales, a través de los concursos
federales, para insertar contenidos propios en las nuevas pantallas de la
Televisión Digital Abierta (TDA). Solo en 2010, año en que se produjo una
especie de boom del sector, el
Ministerio de Planificación Federal de la Nación inyectó en la Provincia cerca
de 5 millones de pesos para la realización de series de ficción y documentales.
Así, en el marco de esta nueva ola audiovisual, surgieron
productos netamente cordobeses como Edén, La Purga, La 40, Las otras Ponce,
Corazón de Vinilo y Córdoba Castings que se animaron a abandonar el “porteño
neutro” para asumir el arrastre de la tonada y proyectarlo hacia el territorio
nacional.
Pero además de contar con un Estado presente, los
productores audiovisuales de Córdoba también se las rebuscaron con estrategias
de financiamiento colectivo. La película “El espacio entre los dos”, dirigida
por Nadir Medina, un joven guionista y director cordobés, fue realizada de
manera independiente, a través de un sistema denominado “crowdfounding”, que en
criollo significa: financiación en masa. Esta herramienta que actualmente
utilizan reconocidos directores, como David Lynch, le sirvió al equipo de “El
espacio…” para recaudar cerca de 10 mil pesos, la mitad del presupuesto total
de la película que, por cierto, fue notoriamente bajo.
Otros cordobeses también recurrieron a esta alternativa de
financiamiento colectivo. El periodista de los SRT Víctor Pintos utilizó el
portal Idea.me para recaudar fondos
para la re-edición de uno de sus libros. Pintos relanzó el trabajo en el cual
cuenta la historia de José Alberto Iglesias, más conocido como “Tanguito”,
luego de que pudo recuperar los derechos que había cedido a la editorial
Planeta en la década del ’90 y en base al aporte de cientos de potenciales
lectores.
Editoriales independientes como “Ediciones de la Terraza” recurrieron
también al crowdfounding a través del
portal “Panal de Ideas”, que les permite financiar la publicación de sus libros
e ingresar luego con el producto al circuito de las librerías.
La venta anticipada, implica de alguna manera un compromiso
directo entre el artista o pequeño productor y el consumidor, salteando
intermediarios. Quien realiza la compra se transforma así en una suerte de
mecenas y se ve incluido en el circuito de producción del libro, del disco o de
la película que aún se encuentra en estado de ‘promesa’.
Para contrarrestar la concentración de la industria
discográfica, la liberación de singles o
la difusión de discos completos en la web, también son estrategias cada vez más
visitadas por estas latitudes. Lucas Heredia fue uno de los primeros que se
animó a subirse a la movida que ya había lanzado al mundo la banda Radiohead cuando liberó el contenido de
su disco “In rainbows”, conservando la propiedad de los derechos sobre la obra.
El sello cordobés “Ringo Discos” también se atrevió a
cuestionar las reglas de la industria. Los discos de los artistas con los que
trabaja se encuentran disponibles en la web para escucharlos y descargarlos de
manera gratuita. Lo curioso es que, poniéndonos Bourdieanos, este tipo de
estrategias no son exclusivas de los músicos ‘poco consagrados en el campo’. Hurgando
un poco la red es posible encontrarse también con artistas exitosos, quizás no
tan mundialmente masivos como Radiohead, que deciden liberar parte de sus
producciones en sitios como Taringa!.
De alguna manera, el mensaje entrelíneas que advierten estas
prácticas orientadas a compartir en las redes, es que la industria discográfica
está en vías de extinción y que el disco no representa el principal ingreso
para un artista. De hecho, Carlos “La Mona” Jiménez es prácticamente el único
artista local que logra vender sus discos como pan caliente. Para el resto, la
realización de shows se transformó en la principal manera de sostener la
actividad, siempre pensada por fuera de los contratos leoninos de los grandes
sellos que concentran el mercado nacional e internacional (Universal, Warner y
Sony Music) y que defienden los derechos de propiedad intelectual en beneficio propio.
De todos modos, es cierto que si bien el mercado se
encuentra en plena transformación, el CD todavía es la carta de presentación de
un artista y producirlo representa todo un desafío económico. Además de los
costos fijos de de grabación, diseño gráfico y masterización del material, el
artista debe resolver el copiado y luego la distribución. En el caso de la
música, las alternativas de financiamiento vía crowdfounding permiten calcular la cantidad de copias en función de
la demanda real y resuelven al mismo tiempo la distribución. Artistas y grupos locales
como La Viajerita, Viaje a un Minúsculo Planeta, Un día perfecto para el pez
banana, Enrico Barbizi y Diego Marioni, entre otros, recurrieron a campañas de
preventa a través de Facebook o del viejo “de boca en boca” para editar de ese
modo su obra musical.
Las experiencias de financiamiento colectivo en Córdoba son infinitas
y jugar en “orsai” es prácticamente una marca registrada para los artistas de
por acá. Quizás el mayor desafío y el mérito más importante de los músicos, los
editores y los realizadores locales sea el de imaginar y concretar
colectivamente cosas imposibles.
(Publicada en revista 'Deodoro' / Octubre 2014)
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