miércoles, 2 de diciembre de 2015

La calle, último refugio de la irreverencia


Hacer arte fue su mayor acto de militancia política. Impulsor del movimiento que encendió las calles en la década del ´70, Juan Carlos Romero afirma que el espacio público urbano constituye uno de los reductos irrenunciables para el arte, en términos de irreverencia política y estética.

Integrante de un sinnúmero de colectivos artísticos en argentina, Romero formó parte de una generación que fundó el paradigma de la práctica artística como gesto de compromiso político y social en Argentina.

En honor a esta trayectoria, la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) le entregó el Premio Cultura “400 años”. Sucedió en el marco de su visita para inaugurar la muestra “A 41 años de la masacre de Trelew”, co-organizada por el gremio de los docentes e investigadores universitarios (Adiuc), la Secretaría de Extensión (SEU-UNC) y la Facultad de Artes. Romero sonríe cuando hablamos de su obra en los espacios de exposición, porque dice que lo “llaman ahora”, cuando sus creaciones hablan de (y desde) otro tiempo. Romero es un artista que históricamente se negó a renunciar al poder que habita en las calles y eso le valió quizás, años de invisibilidad. Su trayectoria de militancia en el campo del arte lo llevó a hablar desde Trelew, hasta Jorge Julio Lopez, pasando por el 24 de marzo y el Bicentenario de la patria.

Trelew

El 22 de agosto de 1972 las fuerzas de la Marina asesinaron a quemarropa a 16 militantes presos en el Penal de Rawson y que habían intentado fugarse. Esa madrugada se presentó a la muerte como solución posible frente a la insurgencia. Los muertos fueron once miembros del ERP, tres de FAR y dos de Montoneros. María Antonia Berger, Alberto Miguel Camps y Ricardo René Haidar, fueron los tres únicos sobrevivientes de la masacre. Francisco “Paco” Urondo – poeta, periodista y militante político - los entrevistó y publicó en 1973 “La patria fusilada”, material editado originalmente con la revista Crisis y más tarde, ese mismo año, en Descamisados.

En términos de Ana Longoni, alusiones artísticas como la de Romero a la masacre de Trelew y a los sucesos de Ezeiza (la derecha peronista armada disparando a mansalva sobre la multitud reunida el 20 de junio de 1973 en el aeropuerto, para recibir a Perón tras 18 años de exilio) “otorgan a estas obras cierta condición de conmemoración pública contraoficial (de una otra oficialidad), de recordatorio ante un aniversario, de monumento efímero”. De alguna manera, este tipo de demostraciones artísticas se convirtieron en relatos históricos emergentes, frente a un escenario de censura y represión.

Cuenta al respecto Juan Carlos Romero (JCR): “La primera vez que monté la muestra de Trelew, fue en el mismo lugar en que estuvieron los fusilados. Ahora es un Museo, detrás del aeropuerto de Trelew, donde estuvieron los dieciseis. Ellos se entregaron ahí, y en el mismo lugar donde se entregaron, hicimos la exposición, pusimos sus fotos”.

 

¿Cómo describiría esa experiencia?

JCR: Fue muy fuerte. No sólo haber estado ahí, sino por estar en el lugar donde los mataron. Pudimos entrar al organismo del Ejército, de la Marina. Estuvimos en las celdas. Fue muy trágico, es muy triste ver ese lugar al que uno jamás pensó volver. Fui hace cuatro años. Hicimos una performance. Pusimos unos carteles con los nombres de los 16 fusilados, los atamos con unos cordones rojos y recorrimos la ciudad, hasta la plaza principal.

 

¿Cuál considera que es la huella más profunda que nos dejó Trelew?

JCR: Bueno yo creo que fue el anticipo de lo que fue la matanza posterior. Fue un ensayo de lo que después fueron los 30 mil desaparecidos. Con el tiempo me di cuenta de eso. Después dieron una chance con el gobierno democrático que duró muy poco, en la primavera de Cámpora. La segunda parte, ya fue un anticipo de los militares.

 

De hecho, más tarde, en el marco del periodo que se denominó la “primavera camporista” (entre agosto y diciembre de 1973) vino una resignificación artística de aquella primera masacre, que se denominó “Ezeiza es Trelew”…

Si, esa la hicimos al año de haber ocurrido la masacre de en Rawson. Fuimos convocados por una organización que se llamaba “Artistas con Acrilicopaolini”, esa empresa pedía que trabajáramos con acrílico. Nosotros hicimos un muro con unos bloques muy grandes que se podían autosoportar y pegamos de un lado, imágenes de Ezeiza – donde están levantando a un joven de los pelos, un tipo de Osinde levantando un montonero - y del otro lado, las de Trelew. Esas imágenes nos las dio un grupo de gente del ERP, eran los afiches que pegaban en aquel momento. Se empezó a escribir con aerosol en el piso “Ezeiza es Trelew”. Ana Longoni dijo que era la primera vez que la calle se llevaba al museo.

 

¿Cuáles fueron las reacciones en aquel momento?

Fue muy interesante. El público respondió muy bien, pero la gente del Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, reaccionó echando al responsable del Museo. El acrílico no llegaba nunca. El director preguntaba, ¿dónde está el acrílico? Era una tarjeta que había hecho un artista que se llama (Edgardo Antonio) Vigo, de La Plata. En la tarjeta había una gota de sangre. Perla Benveniste estaba en el grupo y trabajaba con acrílico. El Decano de Derecho nos pidió que lleváramos la obra a la Facultad, pero no había lugar para poner un muro. Entonces hicimos una cruz en el piso, que duró una semana porque vino un grupo de la derecha que se llamaba Rucci y destruyó todo. Ahí terminó la obra.

 

Los inicios, la dictadura, el miedo


Con el accionar de la Triple A y más tarde con la dictadura de 1976, los artistas en Argentina pasaron a refugiarse en una especie de cultura subterránea - llegando en algunos casos al exilio -, en sintonía con el proceso que Josefina Ludmer[1] denominó para la vida universitaria como un periodo de “catacumbas”. En algunos casos, la militancia, se convirtió en la expresión artística por excelencia.

 

¿Recuerda cuál fue su primer gesto político desde el arte?

JCR: Mi primer obra política fue un homenaje que hice que se llamó “American way of life”. Se hizo en el año 1966, para una convocatoria homenaje sobre Vietnam. Hice una obra de arte geométrico y una figurativa, una foto que había muy reconocida en la cual se veía a un soldado norteamericano golpeando a un vietnamita. Esa fue mi primera obra claramente política.

 

¿En algún momento tuvo miedo de llevar adelante una obra?

JCR: Miedo, cuando vino la dictadura. El miedo que teníamos todos naturalmente, porque venía esa cosa de no saber qué iba a pasar. Terminé yéndome un año del país. Me convocaron para hacer un trabajo – yo trabajaba como técnico telefónico – para un proyecto en Honduras. Lo resolví así al miedo. Alguien me había dicho que me recomendaban que me fuera del país.

 

¿Qué pasó con los demás artistas comprometidos políticamente en esa época?

JCR: Algunos como (Ricardo) Carpani que estaba en España, se quedaron en aquel país. Otros se fueron a otros países. Si bien no había muchos artistas abiertamente comprometidos políticamente, hay dos artistas desaparecidos, uno de Rosario, otro de Buenos Aires.

 

Corrimiento del autor

En una obra artística como la de Romero donde se mezclan el compromiso social y político, con la búsqueda estética, la obra se presenta casi como anónima, el genio creador deja de ser importante, se convierte en un engranaje que pone en jaque un valor institucionalizado del campo del arte como lo es la propia figura del artista. Estas obras, apropiadas por las fuerzas políticas e históricas de la época, se convirtieron en muchos casos en verdaderos símbolos de militancia.

 

Ud participó en varios colectivos artísticos donde la categoría del artista parecía desdibujarse…

 

JCR: Así es. Participé en varios colectivos: en Escombros, por ejemplo. La primera demostración como grupo fueron demostraciones de grabado en la calle, para socializar y difundir el grabado. Eso fue medio ingenuo. Difundíamos el grabado, para que el grabado siguiera siendo desconocido.  Después estuve en el grupo Grupo CAYC (Centro de Arte y Comunicación), La Mutual Argentina, otro con el cual repartíamos periódicos del 24 de marzo con gente más joven. La gente más joven tenía ideas mucho más divertidas.

 

Hablando del diseño gráfico como discurso artístico y social, ¿Considera que éste puede, en algún caso, ser desprovisto de la política?


JCR: Hay dos tipos de diseño, el que puede ser visto de manera política y diseño que es político. El diseño netamente político es intencional. Una obra independientemente de todo contexto, desprovisto de toda complicación artística, tienen que ver con el momento, con la coyuntura. Pienso en una obra en homenaje a (Carlos) Mujica cuando lo mataron en ese momento y una obra del `73 llamada “Violencia”, relativa a la democracia pre camporista. La más reciente es “Julio López”, que hicimos con el grupo de Artistas Plásticos Solidarios, en el que estábamos León Ferrari, Luis Felipe Noé, Adolfo Nigro, Diana Dowek, Ana Maldonado, Ricardo Longhini y yo. Con ese grupo salimos a la calle el 24 de marzo y el día del aniversario de la desaparición de Julio Lopez con una imagen, que es la que están usando los organismos de derechos humanos.

 

Desafiar los límites del campo

Posterior  a las vanguardias y disueltos ya los espacios del Instituto Di Tella, el movimiento de artistas que integró en su momento Juan Carlos Romero propuso una agenda insurrecta en doble sentido: por un lado, apuntó a transgredir los límites territoriales del arte, provocando un intenso diálogo entre los espacios públicos no tradicionales como la calle, las plazas y las instituciones artísticas. Por otro lado, estrechó los lazos entre la práctica artística y los partidos políticos, en especial PRT-ERP, Montoneros, traduciendo la violencia que signaba la escena política de aquellos años, en gesto artístico.  

 

Los museos, la calle ¿ambos?

JCR: La calle y los museos. Yo expuse en museos acá en Córdoba, la primera vez fue en la Bienal de Grabado universitario.  Después estuve en el Caraffa en una exposición que trajo Benson & Hedges, con una colección de grabados. También expuse en Buenos Aires en el Museo de Arte Moderno y tantos más. 

 

¿Y qué pasa con los Museos?

JCR: Nada (se ríe). Eso está muerto. Generalmente los museos están muertos, no tienen relación con la comunidad. La única relación con la comunidad es cuando hacen grandes muestras muy promocionadas, como cuando fueron a la calle con Dalí. Ahí entonces fue toda la gente. Pero después no pasa más nada. León Ferrari pasó desapercibido en Recoleta hasta que el gran Bergoglio decidió censurarlo y ahí se transformó en algo muy importante. Hace un gran esfuerzo el museo para trabajar con la comunidad, pero las obras que hace son muy pequeñas respecto del tamaño de la misma. Buenos Aires tiene más de diez millones de habitantes y los museos están en Recoleta, lejos de los trabajadores que están en Avellaneda. Yo fui un artista marginal hasta ahora. Recién ahora me están teniendo en cuenta para exhibir una cosa que ya pasó.

 


En la actualidad, ¿cuáles son para ud. los artistas más irreverentes?

JCR: Algunos jóvenes que hacen performances en la calle, porque es un trabajo anti-institución. La experiencia de la gente que está haciendo murales. Los que trabajan en la calle. La calle es un lugar irreverente todavía. El Gobierno de la ciudad de Buenos Aires hace convocatorias para pintar murales en la ciudad, las empresas como Nike hacen convocatorias para muralistas, pero los murales, hasta ahora, venían siendo una cosa muy independiente.

 

 Si, como ud plantea, el carácter político de una obra tiene que ver con el momento histórico en el cual se produce. ¿Qué fenómenos sociales lo conmueven hoy? ¿Cuáles lo inspiran a generar un hecho artístico?

JCR: Hay tantas cosas en el país, en el mundo. Lo que me convocó en 2010 fueron los 200 años de independencia. Hice una obra que se llamaba crímenes de Estado desde 1810 a la actualidad, “200 años de crímenes de Estado”, año por año, hasta el caso de Mariano Ferreyra en 2010.  Cosas como esa me conmueven. La desocupación básicamente, la marginalidad, la represión y la discriminación, que es todavía muy fuerte en Argentina. Tengo una obra que se llama “Todos somos negros”, que es una reivindicación a la revolución haitiana, la primera de Latinoamérica, antes de 1810. En marzo en el Cabildo Histórico de Córdoba vine por una convocatoria que hizo Gabriela Halac. Pegamos “Todos somos negros” en el frente. La gente iba pasando por ahí e iba discutiendo: “¡Qué bueno! ¡Los negros somos negros!”, mientras otros decían: “Yo no quiero ser negro”. Discutían en la calle. La gente no quería ser negra en general.   

 

El artista plástico Ricardo Carpani - quien tempranamente integró el grupo Espartaco - planteó en su texto sobre “Arte y militancia” la necesidad y el desafío de pensar la práctica artística, ligada necesariamente a las luchas populares, a la transformación social que proponen las organizaciones, los partidos. Quizás, en clave de ese procedimiento histórico político resida el valor de la mirada sumamente actual que podemos arrojar sobre la obra de Juan Carlos Romero.   



[1] Docente, investigadora y crítica literaria.  Entre entre 1976 y 1982 desarrolló la experiencia conocida como la “Universidad de las catacumbas”, en resistencia al avance de la dictadura militar sobre el campo de la cultura.
 
(Publicada en revista 'Deodoro' / Septiembre 2013)

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